Y le dije: “Escoja lo que quiera. Lléveselo. No voy a necesitarlo.”.

Tal vez palillos de sushi.
O tal vez un jarrón cristalino.

Unas copas de vino.
O una de mis pinturas.

La lámpara de diseño.
O el cepillo eléctrico.

“Me llevaré esto”
Dijo mirando sonriente un bote de jabón.
Verde, brillante.
De no más de unos pesos.
Para lavar los platos.
Lleno de grasa.
Rellenado mil veces.
“Y al lavar los trastes me acordaré de usted”.

Y recordé que el mundo da asco.
Que aún existen clases.
Que posiblemente seguirán existiendo.
Que yo hoy soy de los que lavan los platos con jabón líquido.
Y tuve vergüenza de mi mismo.