Reventó en la noche.
Saltó en mil pedazos.
Arrancó el alma de cuajo cuando el reloj ya había marcado las doce.
Y luego silencio, y miedo.
Miedo a no saber conjugar el verbo vivir.
Miedo a que el aire fuera tóxico.
Miedo a las tardes de sofá y película de ficción,
a los domingos tristes, a los viajes en solitario.

Reventó en la noche.
Y en la mañana estaba ahí,
empapando las pareces de ácido inerte,
de vísceras marchitas con olor a vainilla.
Y se clavó en el fondo del paladar,
atravesó el esófago y se instaló en lo más profundo de las tripas,
donde el asco se mezcla con la tristeza.

Reventó en la noche.
Y aún no ha vuelto.
Estallaron virutas de ponzoña en forma de lágrimas,
junto a dientes rotos y labios partidos.
Si lo encuentras dime, iré a buscarlo.
Sin intención de recuperarlo, eso seguro.
Solo para decirle que es un hijo de puta.