Llegó la revolución sin enterarme. Me agarró una tarde de lluvia. Copa de vino y cerveza. Estadísticas absurdas. Inocencia bendita y cuellos listos para morder.
Llegó la revolución en tiempos de crisis, como suelen venir siempre las revoluciones.
Concentradas en historias dignas de añoranzas por épocas erróneas,
por procesos de cambio que una vez soñaron
y hoy germinan desde el alma de la Pachamama.

Explotó la dinamita a medianoche.
Bajaron guerrilleros por laderas teñidas de sangre.
Alzamos el puño y entre proclamas,
concluimos que ser chiquita no es tan malo
y que podemos conversar sobre algo más que animales marinos.
Arrancó la batalla, y la mañana nos sorprendió haciendo guardia.

Sabíamos que no terminaba, faltaba mucho monte y mucha trinchera.
Radio Venceremos sonando desde algún rincón de la sierra,
dientes madrugadores que gritaron “Patria o Muerte” con los primeros rayos de la mañana.
Entrar por la cabeza y salir por el alma.
Las ideas nos animan pero son las tripas las que nos arrastran al fango,
donde los sueños se convierten en motivos para seguir viviendo.

Y continuamos esta revolución con final conocido,
como ocurre con las historias más bonitas en tiempos de guerra.
Sangrarán los labios de nuevo y las carcajadas se escucharán al otro lado del puente,
donde las amargadas difaman y no apuestan por la vida.

Y ahora en este campo desierto,
donde sólo llegan rumores de batallas perdidas,
la añoranza empuja a las noches, durmiendo más bien poco,
en las que la locura elimina el miedo
y las sonrisas lindas se convierten en la mejor de las trincheras.