Es esa sensación de idiota,
cuando te quedas hasta el final de la noche sabiendo que dormirás solo,
cuando intentas coincidir a la salida del baño para atrapar una mirada,
cuando sueñas en una esquina con sabor a mañana turbia.
Esa sensación de idiota,
cuando se va con otro,
con ese “otro” que creías idiota,
o ni siquiera te mira,
cuando sale por la puerta definitiva.
Esa sensación de idiota,
cuando te acercas,
cuando otro se acerca,
cuando no hay respuesta,
al menos para ti y tu puñado de nervios.
Esa sensación de idiota,
cuando inventas una excusa para volver a su lado,
cuando la miras y sonríes,
pero no te mira, por ser un idiota,
o das vuelta sobre tí mismo por encontrarla.
Entre el silencio y la media noche.
Esa sensación de idiota,
cuando llegas a casa,
y la piensas,
y le escribes,
y no lo envias,
y escribes esto,
palabra de un idiota.