Y en mi amargura, a mil pies de la última pizca de tierra de los ancestros, la oruga trepa por redes azules. En una oscuridad marchita por el tiempo y la experiencia, sus ojos, grandes como granos de arroz, reflejan el poder de la inocencia. “Hay futuro, no lo dudes”. Y el sabor a hierbabuena y cilantro arrastra la tristeza hacia detrás de las orejas, a ese rincón que existe pero aún desconocemos.
Cabeza, tripas y corazón. Batalla perdida.
Y en el mundo de coltán todo sucede demasiado rápido. ¿Una huida?. Tal vez, no lo niego. O tal vez gotas de libertad concentrada, en olor a salvación impregnando los dedos.
La oruga me mira, y me sonríe. “Hay futuro, no lo dudes”. Y escapa corriendo. Tiene nombre de sueño, “Dios conmigo”, de aquellos que reventaron aquella noche.
Mañana será otro día, y no distinto. Reventará el globo del ombligo y llegarán mariposas amarillas, de las que una vez invadieron Macondo. O no, ¿quién sabe?, da lo mismo. Con despertar y vivir, ya me conformo.
Y la oruga ya duerme con su madre,
embriagada de mi aliento de tristeza.
Ya no llores, oruguita, ya llegamos.
Canta su madre, deseosa de clemencia.