El ligero roce de una sonrisa eterna bastó para espantar las polillas nerviosas e inseguras escondidas tras el ombligo. La gran avenida se abría hasta más allá de donde nadie quiso llegar, calles de rosas, tés fríos y calientes, caricias ocultas en la mesa de la entrada…
La luna miraba a lo lejos, sorprendida porque de nuevo algo encajaba… y los animales se arrimaron a verlos, en la inmensidad de la noche madrugadora, donde soñaban con viajes y fines de semana.
Y la noche pasó, separados por un beso y un bono de tren….
… y tras una hora y cinco… la añoró de nuevo…