Y vago por la casa, reviso cada uno de los muebles, de las esquinas, hasta debajo de las alfombras. Agito las mantas y aparto las cortinas. Tal vez al lado de la cama… no, tampoco detrás de la puerta.

Intento encontrarte pero creo que ya te fuiste. Eres mala consejera y un poco falsa, por qué no decirlo. Sueles irte con quien más te ofrece, abandonando a los que buscan algo de sentimiento.

Tampoco estás en los cuadros viejos, ni en los nuevos. Arrojé las servilletas y vertí la leche, buscándote en las ranuras de la cocina. No estás en la despensa. Ni en el baño, aunque al lado de la escobilla sería un buen sitio para colocarte.

Me mordiste los tobillos con insistencia. Te pegaste detrás de las orejas. Por días creí que estabas sentada en el sofá marrón, mirando con disimulo a la ciudad que muere. Estaba equivocado.

Las sábanas huelen a vos pero no dejan de ser aromas marchitos. La estantería llena de ropa pero nada de tu presencia. Ni entre los libros, ni siquiera en las cartas que algún día escribí para consolarme.

Ya no te espero. Dejé de buscarte. Sabía que no durarías mucho caminando a mi lado. Apareces fugaz en los mensajes cautivos, en las sonrisas disimuladas, en las noches que terminan a las doce. También en las luchas, que no son pocas, en las palabras de aliento, en las notas por la mañana.

Pero pronto te vas, esperanza, porque sinceramente, eres bastante puta.